Una carta puede ser mensajero de alegría o dolor, entusiasmo
o ira, miedo o esperanza; representa toda una gama de sentimientos
humanos que convierten un pedazo de papel en una especie de billete
de lotería. Se ha escrito mucho sobre las cartas y sobre
el aspecto que deben tener para causar el efecto deseado; también
se ha hablado bastante acerca de los aspectos puramente formularios
de la misma, como son el papel que debe usarse, la letra, el encabezamiento
y otros más. Y sobre el contenido de las cartas, que en realidad
es más importante que su forma externa.
Se han publicado muchas cartas famosas de tiempos pasados, pero
existen otras muchas que no han salido a la luz. El género
epistolar es uno de los más interesantes del mundo y no solamente
por constituir cada carta un documento vivo del corazón humano,
sino porque refleja fielmente la vida en sí.
Ha habido épocas eminentemente epistolares como los siglos
XVII y XVIII. Si, por ejemplo, comparamos las encantadoras cartas
que el joven Félix Mendelssohn-Bartholdy escribió
en los años 1830-1832 desde Italia, con las vulgares postales
que nos envían nuestros conocidos desde allí, reconoceremos
que los tiempos modernos han atrofiado nuestra capacidad de observación.
Y también han destruido el don de escribir cartas. Aún
quedan algunos escritores de cartas por el mundo, aunque se distinguen
de los de antaño en que suelen escribir a máquina.
Pero son muy pocos, porque, por lo visto, el no tener tiempo para
escribir es un requisito imprescindible del buen tono actual.
La verdad es que nunca carecemos de tiempo para escribir cartas,
pero lo malgastamos en otras cosas sin importancia (ver la TV, mirar
por la ventana...). No nos falta tiempo, lo que nos falta es voluntad
para escribir unas lineas que reflejen nuestro estado de ánimo.
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