Las cartas mejor logradas son
las que se escriben con espontaneidad y reflexión aunque
nos pueda parecer un contrasentido. Debemos procurar que las
cartas reflejen el instante que vive el remitente sin olvidar
lo que pueda interesar al destinatario.
Si no queremos perder la espontaneidad
y la agudeza que tal vez sean características de su
expresión oral, si deseamos que parezcan impecables,
hagamos un borrador, dejemos correr la pluma lo más
naturalmente que sea posible y, luego revisemos las cartas.
No sólo por cuidar la redacción: una segunda
lectura posiblemente nos permita añadir algo más,
matizando una idea de forma que resulte más clara.
Un consejo, seamos prudentes
a la hora de escribir, pues existe la posibilidad de que la
carta vaya a parar a una tercera persona a quien no estaba
destinada.
Al escribir una carta intentaremos
contar algo que realmente pueda interesar al destinatario,
trasmitiéndole alegría e ilusión.
No es prudente escribir una
carta en un estado anímico negativo. Tenemos que pensar
que las palabras escritas pueden ser más peligrosas
que las habladas. Lo escrito, escrito esta y, por más
que luego queramos excusarnos, lo escrito sobre el papel será
imborrable.
No escribiremos cartas cuyo
contenido nos pueda causar más tarde remordimientos
o vergüenza.
Nunca debemos escribir una carta para insultar o herir.
Una carta no es solamente un documento humano, puede ser también
un documento legal.
En cualquier caso, ese tipo de cartas pueden llegar a comprometer
al remitente y hasta pueden convertirse en pruebas legales.
Debemos por tanto evitar escribir algo que pueda resultar
comprometedor y, si se ha de tratar un asunto importante y
de carácter privado, hagámoslo en persona.
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